Consortes (texto) Imprimir
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Domingo, 03 de Febrero de 2013 17:35

 

CONSORTES, ATRACCIÓN FATAL

¿Hay algo más peligroso que una mujer que ha decidido matar? Sí, que se enamore de un hombre que comparta su horrenda afición. Y el cóctel se vuelve explosivo cuando las perversiones sexuales, los celos, la avaricia, las sectas destructivas o los desequilibrios mentales se suman a los instintos asesinos y a la ausencia absoluta de escrúpulos. Las siniestras historias de estas parejas letales causarán escalofríos…

A LAS ÓRDENES DE UN ILUMINADO: SUSAN ATKINS Y CHARLES MANSON


“Charlie es Jesucristo. Yo maté a Sharon Tate”, le dijo Susan Atkins a su compañera de celda, Ronnie Howard. Susan había conocido a Charles Manson en una comunidad hippie. Su carisma y sus extravagantes ideas acerca de la redención y del fin del mundo  debieron parecerle irresistibles a esta californiana nacida en 1948, hija de padres alcohólicos y violentos, porque cayó rendida a sus pies y se manifestó dispuesta a formar parte de su extraña “familia”. Hasta entonces, la vida de Susan no había sido un camino de rosas. Más bien al contrario. Se la ganaba bailando desnuda en clubes nocturnos. Manson apareció en el momento justo, como una revelación. Hablaba de sexo libre, drogas y rock & roll. Había cogido ideas de aquí y de allá, sobre todo de la Biblia y de las filosofías orientales, y había tejido una doctrina de “salvación”. Según esta, la “familia” era la vanguardia de 144000 elegidos. El apocalipsis había llegado y el Juicio Final estaba a punto de comenzar. La población negra se disponía a aniquilar a la blanca. En el transcurso de esta guerra, él guiaría a sus elegidos hasta Agartha, el reino  subterráneo en el que esperarían el momento de regresar como señores del mundo.

Con estos pájaros en la cabeza, Susan se marchó a vivir a una granja abandonada en el desértico Valle de la Muerte, en California. Aquel  9 de agosto de 1969, año del mítico festival de Woodstock, ella y otros tres “familiares” más recibieron órdenes precisas del profeta Manson. Debían ir a un domicilio de Beverly Hills, en el número 10050 de Cielo Drive, con cuchillos y un revólver y matar a sus habitantes. Dicho y hecho. Nadie salió vivo de allí. NI siquiera la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski y embarazada de ocho meses.

Pasaron por alto este detalle. O mejor dicho, lo aprovecharon para liberar su rabia. Cogieron el cuchillo, le asestaron hasta 17 puñaladas que, entre otras atrocidades, le seccionaron los pechos, y dejaron que muriera desangrada. Cuanto más lloraba y suplicaba Sharon, más adrenalina corría por las venas de los asesinos. Pero la barbarie no terminó: la mujer apareció colgada de una soga.

Asesinato múltiple : Susan Atkins declararía más tarde: “Yo maté a la perra mientras me suplicaba por su vida y la de su bebé. La maté porque estaba harta de oír cómo  gritaba”.En la pared se podía leer la palabra “cerdos” escrita con la sangre de la víctima. Al lado, el título de una canción de los Beatles, “Helter skelter”,que Manson había reinterpretado a su antojo. La canción no era más que un tobogán en espiral típico de los parques británicos. Pero en la cabeza de Manson, se convirtió en el holocausto que se avecinaba. Todos corrieron  la misma suerte en la mansión de la colina de Bel Air: Jay Sebring, el peluquero de las estrellas, de 34 años,recibió un balazo y siete puñaladas; la millonaria Abigail Folger, de 25 años murió a causa de 28 puñaladas; en el cuerpo de su novio, Voytek Frykowski, de 32 años, se contabilizaron 51 puñaladas y dos disparos; y Steven Parent,un amigo del jardinero fue asesinado por cuatro balazos. La masacre fue la noticia de aquel verano. Se dijo que alguna secta satánica se había vengado de Polanski, que estaba de viaje por Europa, por el éxito de “La semilla del diablo”.

Documental: "Charles Manson"

Pero detrás se escondía un motivo mucho más prosaico. Al parecer, Manson, que tenía ínfulas artísticas, soñaba con un contrato que Terry Melcher, hijo de la actriz Doris Day y dueño de la mansión, le había negado. Para Susan no había sido la primera vez. Junto a otro miembro del clan había acuchillado  al productor musical Gary Hinman el 31 de julio del mismo año. Tampoco iba a ser su último crimen. Un día después de la matanza de Cielo Drive, mataron a una pareja de comerciantes. Volvieron a escribir en la pared “Muerte a los cerdos” y el título de la canción de McCartney. Susan fue detenida por el asesinato de Hinman. Su papel en la masacre había pasado desapercibida. Tal vez por eso se mostró tan confiada. Y un día, le contó la verdad a su compañera de celda, que la vendió a la policía a cambio de un trato de favor.

LA VERDAD TRAS EL CASO POLANSKI

En diciembre de 1969 se dio el caso por cerrado, Se desarticuló la “familia”, de la que formaban parte 19 personas de clase media, cinco de ellas dispuestas a matar. Se alimentaban de los desechos de los supermercados, tenían armas y drogas, eran aficionados a las orgías  y creían que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina. Cayó también el cerebro de la banda, el endemoniado Charles Manson, que, curiosamente, no tenía las manos manchadas de sangre. Sin embargo, el testimonio de Susan Atkins , que se vino a colaborar con la policía, bastó para implicarle. El juicio fue un fenómeno mediático. Se condenó a muerte a Atkins, Manson y otros integrantes del grupo. Pero no fueron ejecutados  porque en 1972 fue abolida la pena de muerte en California. La sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Cuatro años más tarde, otra “miembro” de la familia, Lynette Fromme, intentó asesinar al presidente de EE.UU. Gerald Ford. Seguía creyendo en el fin del mundo.

En aquel momento no se descubrió  por qué habían cometido semejante atrocidad. Solo se sabía que Manson había estado en aquella casa en, al menos, dos ocasiones. Y, durante un tiempo, la sombra del diablo siguió planeando sobre el caso. Se supo que Polanski había contactado con el fundador de la Iglesia de Satán, para el rodaje de su película y que había revelado algunos secretos suyos.

Pero la verdad estaba aún por llegar. La actriz Melody Patterson, que había pertenecido a la “familia” durante un tiempo , reveló que el nudo de la madeja era en realidad Jay Sebring, el peluquero . “Yo sabía que era un pervertido sexual. En el subsuelo de su casa, en Beverly Hills, había una sala con todos los refinamientos de un sádico. En Hollywood muchas chicas estaban al corriente de sus gustos. A Patterson no le costó relacionar  el asesinato de Tate y los demás con el de la pareja de comerciantes, los Bianca: eran los padrinos de Jay. Un amigo le dio más pistas: tres días antes de su muerte, Jay se había cruzado con dos chicas drogadas a las que se había llevado a casa. En su refugio las había sometido a todo tipo de vejaciones sexuales. Eran dos miembros del clan Manson. Lo demás es historia.

LOS SICARIOS DE SATÁN: MANUEL Y DANIEL RUDA

Estábamos sentados en el sofá y, de pronto, Daniel se puso de pie. Golpeó con el martillo a Frank. Mi cuchillo brillaba y oí una voz que decía: “Apuñálale en el corazón”. Se lo clavé. Vi una luz a su alrededor. Era su alma que había salido del cuerpo. En ese momento, recitamos una letanía satánica. Manuela Ruda, una joven alemana de 23 años y su marido, Daniel, asesinaron así a su amigo Frank Hackert. Él le  golpeó con un martillo. Ella le asestó 66 puñaladas. Tal y como les había dictado Satán.

Después grabaron un pentagrama invertido, el símbolo del diablo, en el pecho de la víctima, recogieron su sangre y se la bebieron. Para terminar hicieron el amor dentro del ataúd que Manuela utilizaba para dormir. Mientras eso sucedía en el siniestro apartamento de la pareja, su madre había recibido una carta en la que su hija le hacía una confesión: “No soy de este mundo. Debo liberar mi alma de la carne mortal”. Temiendo lo peor, la mujer acudió a la policía. En el piso, la escena era dantesca. Cuchillos y machetes en las paredes, imitaciones de cráneos humanos por todas partes, objetos para el culto satánico y una lista de 15 posibles víctimas. Se buscó a los asesinos por todo el país y aparecieron, finalmente en la ciudad de Jena. Durante el juicio negaron cualquier responsabilidad: “No fue un asesinato, sino una ejecución. Satán nos lo ordenó. No podríamos ir al infierno a menos que lo hiciéramos”. Donde sí fueron fue a la cárcel. Pasarán entre rejas 13 años (Manuela) y 15 (Daniel) con tratamiento psiquiátrico incluido. Curiosidad: los asesinos se habían casado el 6 de junio  y lo mataron el 6 de julio.

LOS DEPREDADORES: CHARLENE Y GERALD GALLEGO

Charlene conoció a Gerald Gallego en 1977 en Sacramento. Él tenía 32 años, pero ya se había casado seis veces y había pasado varias temporadas en prisión. Era como una maldición familiar. Su padre había sido el primer hombre ejecutado en la cámara de gas en Mississippi y él no pudo escapar a su destino. Cuando cumplió los trece años violó a una niña de seis.

No era lo que se dice un buen partido. Pero a ella, que contaba 24 primaveras, no le importó. Es más, se puso totalmente de su parte. Y ambos se convirtieron en una pareja de sádicos asesinos. Un año después de haberse conocido, los Gallego cometieron sus primeros crímenes. Celebraron su aniversario de la forma más cruel y sanguinaria: violaron y asesinaron a dos chicas de 16 y 17 años y las enterraron en un descampado.

En los dos años siguientes, mataron a seis personas más. Pero en el último crimen dejaron varias pistas. Un conocido de la pareja anotó la matrícula de su coche y así, la policía llegó hasta ellos. Charlene declaró que su marido la utilizaba como reclamo para que las chicas se subieran al coche. Luego daba rienda suelta a su depravado instinto sexual. “Él hacía lo suyo con las chicas, mientras yo esperaba y miraba hasta que se quedaba satisfecho. Luego las mataba”. Fue lo que contó ante el Tribunal. Le cayeron 16 años y ocho meses, y no volvió a saberse nada de ella. Gerald fue condenado a muerte en 1982, pero no llegó a ser ejecutado. Murió de cáncer 20 años después. Como curiosidad, ella dio a luz en la cárcel.

LA CASA DE LOS HORRORES: ROSE Y FRED WEST

En el número 25 de la céntrica Cromwell Street de Gloucester vivía el matrimonio West, gente en apariencia normal. Pero ni los West ni esta ciudad del noroeste de Inglaterra eran tan tranquilos y aburridos como parecían. El propietario de la casa, Fred West había  tenido un padre alcohólico y una madre que lo había iniciado en el sexo a los 12 años. A los 20, había sido procesado por violar a su hermana y a los 26 cometió su primer crimen: asesinó a Mary Ann, una joven que esperaba un hijo suyo.

Dos años más tarde, en 1969, conoció a Rosemary Letts.  Estaban hechos a la medida. Rose tenía solo 15 años, pero atesoraba la experiencia sexual  de una prostituta de 50. Le encantaba la pornografía, disfrutaba con las perversiones, alardeaba de su promiscuidad y no tenía inconveniente alguno en que la espiasen. ¿Podía pedir más el sádico de Fred? Se casaron y en 1971 nació su hija Heather.

El matrimonio agredió sexualmente a la niñera de sus hijas y a sus hijos. Y a los inquilinos de la pensión en que habían convertido su vivienda. Como Heather les había salido lista y rebelde, la quitaron de en medio. Cundían los abusos sexuales y las torturas. Y lo peor: no hubo ninguna sospecha, hasta que una de las hijas de los West le contó  a una amiga que su padre la violaba. La policía abrió una investigación y una frase que repetían los niños:(“Heather está en el sótano”) los puso sobre la pista. En el sótano aparecieron los cuerpos de nueve mujeres. Pasó a ser, con todas las de la ley, “la casa de los horrores”.

Cromwell Street 25: la casa de los horrores

Curiosidades: hubo quien quiso comprar la casa para construir en ella un museo de los horrores.

-LA EXTRAÑA PAREJA: MYRA HINDLEY E IAN BRADY

Ella era una chica normal de Manchester. Trabajaba de niñera y se había convertido al catolicismo. Él, en cambio, era firme seguidor de Hitler y del marqués de Sade. ¿Qué pudo ver en él? Los maquiavélicos pensamientos  de Ian no tardaron en hacer acto de presencia. Sus relaciones sexuales desembocaron en el sadomasoquismo. Myra se dejó llevar. Se tiñó de rubio y compró unas botas de tacón, tal y como requería su papel. La puesta en escena exigía también odiar a los niños, la religión, las reuniones sociales y el matrimonio. Y así lo hizo. Pero llegaron demasiado lejos: mataron a cinco niños. Ian reconoció los crímenes y exculpó a su compañera. Pero ella se dio cuenta de la influencia que había ejercido sobre ella y descargó su odio contra él. Él, al sentirse traicionado, contó cómo había sido su participación en los crímenes y no se dejó nada en el tintero.

La sentencia fue la misma para los dos: cadena perpetua. A Ian se le diagnosticó esquizofrenia paranoica y se le recluyó en una penitenciaría psiquiátrica. Myra no pudo agarrarse a eses clavo ardiendo. No padecía enfermedad mental alguna. En una carta que publicó el diario “The Guardian” en 1995, entonaba el mea culpa: “Yo conocía la diferencia entre el bien y el mal, y me preocupaba por ello, aunque encerré esos sentimientos. Aparté mis creencias para identificarme completamente con un hombre que se había convertiod en mi dios, a quien temía y adoraba al mismo tiempo”. Murió en 2002 tras pasar 36 años entre rejas.

Curiosidades: Myra estudió Humanidades en prisión.

-LOS CORAZONES SOLITARIOS: MARTHA BECK Y RAY FERNÁNDEZ

Los corazones solitarios

Buscaban viudas de guerra y mujeres acaudaladas en los anuncios de contactos de los periódicos. Raymond Fernández se presentaba como el amante latino ideal. Martha se hacía pasar por su hermana. Eran dos adictos al sexo escabroso, al dinero fácil, a la mentira… y al crimen. Estafaban a sus víctimas y luego las aniquilaban. Fueron la pareja más buscada y famosa de la América de los años 40. Los llamaban “los asesinos de los corazones solitarios”.

 

"Corazones solitarios"

La vida de Ray había sido un tanto atribulada. Nació en Hawai en 1914, se marchó  a vivir en Connecticut en 1917 y, 15 años después se trasladó a España. Trabajó para el Servicio de Inteligencia británico durante la Segunda Guerra Mundial y, en el viaje de regreso a EE.UU. sufrió un golpe en la cabeza que le dejó malparado. En esa época se aficionó  a la magia negra. Fue también cuando decidió aprovecharse de sus encantos, que le sirvieron para desvalijar a más de un centenar de mujeres en dos años. De esta manera conoció a Martha Beck, una enfermera divorciada, y ambos se fueron a vivir juntos. Pero Roy no dejó de ver a otras mujeres. Martha, celosa, se decidió por el camino más corto: asesinarlas. Se contaron más de 20 víctimas de la fatídica pareja. Ella, durante el juicio, declaró que habría hecho cualquier cosa por amor y describió, para espanto de los allí presentes, sus hábitos sexuales, que estaban relacionados con el vudú. A ambos les esperaba la silla eléctrica en Sing Sing. Les llegó la hora en 1951.

-LOS ASESINOS DEL KEBAB: SHIRIN GUL Y RAhHMATULLAH

Shirin, su amante Rahmatullah y su hijo solían coger un taxi para volver a casa. Una vez allí, hacían gala de su hospitalidad, invitaban al conductor a pasar y le servían té y kebab. Sería una estampa pintoresca del Afganistán urbano si no fuera  porque la comida estaba salpimentada con barbitúricos. Y porque el postre para los convidados era el estrangulamiento y el posterior viaje al jardín. Después, la pareja corría a vender el taxi a una ciudad fronteriza con Pakistán. Solían sacar 10000 dólares por la venta.

Esta era su rutina hasta que desapareció Haji Mohammed Anwar, un hombre de negocios de 60 años, que había hablado con su primo se dirigía a casa de la extraña familia. A los dos días, apareció su cuerpo. Los investigadores hallaron la ropa y los zapatos del fallecido en el hogar de la familia. Siguieron buscando y encontrando: seis cadáveres enterrados a un metro y medio de la superficie. Aún les esperaban más en otra vivienda en la que la familia había residido hacía tiempo: 18 cuerpos, entre los que estaba  el del marido de Shirin, Mohammed Azam. La “asesina del kebab”, como se la conocía, lo negó todo. Bueno, todo no. Reconoció que sabía que había cuerpos enterrados en el jardín pero no cómo había llegado hasta allí. También confesó que  Rahmatullah había matado a su marido y que ella estaba de acuerdo, porque la había maltratado hasta el día de su muerte. El fiscal pidió la pena de muerte para toda la familia.

-LOS DIABÓLICOS: KARLA H. TEALES Y PAUL BERNARDO

Se les conoce como Barbie y Ken, pero no son, precisamente, dos muñecos. En todo caso, se trata de dos muñecos diabólicos. Eran un par de sádicos carniceros que llegaron a protagonizar hasta 43 ataques sexuales y una docena de asesinatos. Su mente retorcida les llevó por los más sanguinarios y disparatados derroteros. No contentos con torturar, violar y descuartizar a sus jóvenes víctimas para dar alimento a su siniestra lujuria, grababan sus imágenes y voces agonizantes con una cámara.

Barbie y Ken

Un día se pelearon y Karla se llevó un duro golpe. Asustada, porque era consciente de hasta dónde podía llegar Paul, llamó a la policía y lo contó todo. De esta manera puso fin a una historia que había comenzado en 1987 cuando Karla, de 17 años y Paul, de 23, se conocieron.  A los ojos de todos, estos dos jóvenes parecían la pareja perfecta: cenas románticas, regalos, un anillo de compromiso de diamantes, una boda en carroza tirada por hermosos caballos, una luna de miel en Hawai…

Pero en realidad, los dos eran la encarnación del mal. Las huellas de sus espeluznantes actos quedaron impresos con todo lujo de detalles escabrosos en una amplia colección de cintas de vídeo. Las familias de las víctimas iniciaron una lucha sin descanso hasta conseguir que estos testimonios fueran destruidos. No querían que tal horrible oscuridad pudiese salir algún día a la luz. Lo consiguieron. Además de las cintas, se destruyeron las sogas empleadas para atar a las víctimas y la sierra circular con las que las descuartizaban.

-LOS IMPROVISADORES: DEBRA BROWN Y ALTON COLEMAN

Constituían una mezcla explosiva. Juntos eran capaces de lo peor, Y eso que Alton tenía un expediente inigualable. A los 17 años ya coleccionaba delitos sexuales que incluían el robo a mano armada, la violación, la pedofilia, e incluso el asesinato: había matado a la hija de una amiga de su madre. A Debra no se le conocían antecedentes. Sin embargo, el furor de los dos miembros era el mismo. De la mano iniciaron una auténtica cacería humana.

Por supuesto, no tenían escrúpulos. Pero tampoco objetivos. Ni armas, ni ritual. Mataban porque sí. Sobre la marcha y sin premeditación, aunque con mucha alevosía. Elegían mujeres al azar, abusaban de ellas y posteriormente, las asesinaban con lo primero que encontraban a mano. La ola homicida duró 53 largos días. Únicamente su arresto pudo poner fin a tanta locura.

El abogado defensor de Coleman adujo problemas mentales, pero el jurado no tuvo clemencia. Es más, el reo recibió tres sentencias de muerte, una en cada estado donde habían matado: Indiana, Ohio, Illinois. Para que no hubiera ninguna duda. La condena se ejecutó el 26 de abril de 2002, cuando el asesino tenía 46 años. Debra Brown miró hacia otra parte. Insistía en que Alton la había obligado a cometer los crímenes. Pero sus argumentos  tampoco cayeron en gracia. Lo último que se supo de ella es que esperaba su turno en el corredor de la muerte. La prensa habló de odio a su propia raza ya que todas las víctimas eran negras.

 

Última actualización en Miércoles, 08 de Febrero de 2017 20:09