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Escrito por Administrator   
Miércoles, 19 de Diciembre de 2012 22:24

CHARLES DICKENS

En 2012 vamos a oír hablar mucho de él, dado que el 7 de febrero se cumplen 200 años de su nacimiento en la localidad de Landport, en el sur de Inglaterra.

Por casualidad o no, Charles John Hufamm Dickens (1812-1870) regresa a un mundo en crisis dispuesto a remover conciencias como ya lo hiciera dos siglos atrás.

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“No sé si mucha gente es consciente de que la primera gran crisis económica global del capitalismo se dio  entre los años 70 y 80 del siglo XIX. “The Long Depression” tal como se la conoce en inglés comenzó en 1873”, explica Eduardo Valls Oyarzun, doctor en Filología Inglesa por la Complutense de Madrid. Dickens murió con 58 años en junio de 1870, tres años antes del inicio de la crisis. Pero, según Valls, el escritor ya la vaticinaba en títulos como  “Martin Chuzzlewit”, donde, por cierto, se describe un rudimentario sistema Ponzi, el tipo de estafa que llevó a la cárcel a Bernard Madoff; “Casa desolada”, “Historia de dos ciudades”, “Grandes esperanzas” y, sobre todo, “Nuestro común amigo”.

REVOLUCIONARIO

Ahora, ¿la historia se repite? “El drama es que todo se parece demasiado”, se lamenta el profesor de la Universidad Pompeu y Fabra, Miquel Berga. “Dickens denunció la infame situación del siglo XIX; John Steinbeck la de 1930 con “Las uvas de la ira”; y , ahora, volvemos a estar igual, a la espera de que surja algún Dickens capaz de denunciar lo que está ocurriendo en nuestra sociedad”.

Charles Dickens en su bicentenario

Pero, un momento, por favor: ¿resulta  ahora que Charles Dickens fue algo así como un revolucionario? Si lo primero que se le viene a uno  a la cabeza al oír hablar de él es el entrañable “Cuento de Navidad”. No puede ser. Hablamos de un clásico que, entre otros méritos, ostenta el record de ser autor de la novela más vendida de todos los tiempos: “Historia de dos ciudades”, con más de 200 millones de ejemplares.

Sí, un clásico, un mago de las historias sentimentales, pero también un novelista que alcanza cargas de profundidad contra el poder en todas y cada una de sus obras. “Dickens ataca a las instituciones británicas con una ferocidad nunca antes conocida”, sentenció el conocido periodista y escritor George Orwell, en uno de los diversos ensayos que le dedicó. Por su parte, Fernando Galván, rector de la Universidad de Alcalá y autor de la obra “Conocer a Charles Dickens”, asegura que “leyendo a Dickens uno se enfrenta a la realidad actual de forma más combativa. Sus grandes novelas tienen una gran actualidad. Por ejemplo, con el tema de la educación. Era un aspecto que le preocupaba mucho. En “Tiempos difíciles hace una encendida defensa de una educación en contra del materialismo, que favorezca la imaginación y los aspectos creativos. Su ideal es una educación abierta que se asemeja mucho al tipo de reivindicaciones que se producen hoy en el mundo educativo.”

Rocío García Bourrellier, profesora de Historia en la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad de Navarra, piensa que “dejando a un lado los aspectos materiales del mundo en que vivió, lo que permanece de su obra es la naturaleza humana, que no cambia. Por eso los temas que trata son actuales, algunos incluso demasiado”. Mucho más de lo que en principio pueda parecer.

Valls Oyarzun señala que en obras como “Casa desolada”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas” o “Nuestro amigo común”, lo lectores atentos se encontrarán con un mundo siniestramente cercano al nuestro: especuladores financieros sin escrúpulos, instituciones corruptas que han perdido el contacto con la realidad, un tortuoso sistema legal que erosiona el concepto general de la justicia…”

La ciudad victoriana

Un mundo lúgubre, pobre y miserable que el propio Dickens conocía de primera mano. Los protagonistas de sus obras “atraviesan dificultades que él mismo experimentó de niño, como cuando su padre fue encarcelado y casi toda su familia se trasladó a la cárcel para vivir con él, recuerda Luis de la Peña, responsable de una reciente edición de  “La  tienda de antigüedades”. “A los 12 años tuvo que empezar a trabajar en una fábrica para ayudar económicamente a la familia”.

Fue un tiempo muy duro, en el que estuvo en permanente contacto con la miseria. Pero cuando empezó a crear historias, tampoco  se regodeó en sus dramas personales. “La realidad es que Charles Dickens, aun valiéndose del tono sentimental, pocas veces alcanza las cotas lacrimógenas do otros autores como Wilkie Collins, Edward Bulwer-Lytton o Mary Elizabeth Braddon”, dice Valls Oyarzun. “Más allá de esa imagen sentimentalista, los textos de Dickens funcionan porque confrontan distintos programas de valores morales, pero también éticos, estéticos y hasta políticos y económicos”.

No toda la vida del escritor fue un drama. Como explica Orwell, “los dos datos fundamentales del carácter de Dickens fueron su infancia insegura y su vertiginoso ascenso a la fama cuando era un hombre muy joven”. Gracias a la  literatura, a partir de los 25 años y hasta su muerte no volvió a pasar dificultades económicas. Dejó atrás la pobreza y se convirtió en un burgués acomodado.

Sin embrago, ocurrió algo extraño: según prosperaba, sus obras se fueron haciendo cada vez más oscuras y descorazonadoras. ¿El motivo? “En la etapa final de su carrera tuvo problemas de salud porque escribía sin cesar, apenas dormía, y eso le acabó afectando. También, en esa época, su vida sentimental fue muy  azarosa”, explica Fernando Galván haciendo referencia a la tormentosa relación extramatrimonial que le llevaría a abandonar a su mujer después de 22 años de matrimonio.

RICOS Y POBRES

Estos aspectos personales pudieron influir en el tono de sus últimas obras, aunque, a juicio de Galván, tuvo más que ver con la conciencia social. “La sociedad victoriana era muy injusta”, asegura el rector de Alcalá, “y de forma gradual, Dickens lo reflejó en sus textos. La parte final de su carrera tiene un regusto de cierto pesimismo y también un toque revolucionario desde un punto de vista de un humanismo liberal”. Según el profesor Berga, “Dickens se dio cuenta de que, en pleno esplendor del imperio británico, surgían dos naciones: la de los ricos y la de los pobres. Constató que los éxitos del progreso material de la revolución industrial generaban miseria, fealdad y pobreza. La desigualdad en medio de la opulencia. Ahora ocurre igual, pero con la revolución tecnológica.”

Por muy bien que le fueran las cosas, Dickens jamás olvidó a los más favorecidos de la sociedad. Y dio voz a personajes que, como explica Luis de la Peña, “van desde el niño que esquiva la miseria a través de la picaresca (Oliver Twist) y el que conoce la crueldad en su propio hogar (David Copperfield) hasta el anciano ludópata, que hace más mal que bien pese a la nobleza de sus intenciones (el abuelo de Nell Trent en “La tienda de antigüedades”); el avaro (Mr. Scrooge en “Cuento de Navidad”) o la mujer que, marcada por el dolor, planea una venganza (Miss Havisham en “Grandes esperanzas”)

Tampoco olvidó Dickens a los gobernantes  responsables de esa miseria. “Era un radical que no creía ni en el gobierno aristocrático ni en la lucha de clases”, afirmaba George Orwell. “Su posición política se resume en su frase: “Mi fe en la gente que gobierna es, en conjunto, infinitesimal; mi fe en la gente gobernada es, en conjunto, inconmensurable”. Pese a que el autor de “1984” y “Rebelión en la granja” ejerció una actividad política mucho más activa que Dickens, siempre profesó una gran admiración por el autor victoriano, ya que consideraba que ambos compartían una llamada a la revolución de los hombres corrientes. Una revolución basada en algo aparentemente simple. “Si la gente se comportara como es debido, el mundo sería como debe ser”, resume Orwell el mensaje de su admirado escritor.

Un cuento de Navidad

En opinión del profesor Berga, “Dickens, como Orwell o William Morris, era un socialista que hace apología de la honestidad como motor para la igualdad”. En sus novelas, Dickens no plantea ningún cambio de estructura política o social, solo aspira a variar el espíritu que reina en ella. Y lo hace introduciendo  un concepto inesperado: la decencia común. “Al igual que el sentido moral, la decencia común se traduce en un sentimiento espontáneo de bondad que es, al mismo tiempo, la capacidad afectiva de sentir en carne propia lo justo o lo injusto y una inclinación natural para hacer el bien”, escribe el filósofo francés Bruce Bégout en el imprescindible ensayo “Sobre la decencia común”.

BONDAD LLAMA A BONDAD

Pero, entonces, ¿qué proponía exactamente Dickens contra los males de la sociedad? ¿Que todo el mundo fuera bueno? “Si nos ceñimos a su obra parece que él si estaba convencido de que bondad llama a bondad”, comenta Rocío García. “Pero la vida no termina como en las novelas de Dickens, hay gente que se la pasa entera intentando mejorar y nadie se entera, ni caen prejuicios, ni se rinde el mundo a sus pies, ni parecen salir victoriosos, como pasa en su literatura,”

A Gerardo López Sastre, doctor en Filosofía en la Facultad de Humanidades de Toledo, tampoco le convence demasiado la propuesta. “Desde luego, la decencia nunca viene  mal”, argumenta, “pero apelar a la misma  puede ser al final algo parecido a confiar en la buena voluntad. Dickens es un novelista magistral para denunciar las injusticias sociales. Denuncia una situación terrible. Pero, frente a eso, ¿qué hacemos? ¿Cómo luchamos contra los males sociales? Es una tentación fácil decir que si todos fuéramos  buenos, la crisis actual no se hubiera producido”.

Miquel Berga, gran conocedor de la obra de George Orwell, aclara que tanto él como Dickens no utilizan solo la decencia común como un equivalente de la bondad humana, sino también como signo de respeto hacia uno y hacia los demás. En este sentido, Eduardo Valls plantea que “el respeto personal por sí mismos que aprenden y demuestran muchos de los personajes de Dickens, la dignidad personal, esto es, la responsabilidad individual, en definitiva, es una condición irrenunciable para poder funcionar bien en un mundo hostil y alienante como era la época victoriana o como es el mundo actual”.

¿INFANTIL, TRASNOCHADO?

“Dicho mundo”, prosigue el profesor de la Universidad Complutense de Madrid, “no es sino la suma del conjunto de todas esas individualidades; sin el mencionado respeto personal, sin el valor de la responsabilidad para con uno mismo, resulta imposible construir proyecto social de ningún tipo. No me parece  que esa decencia que menciona Orwell sea una  simple fantasía novelesca como los fantasmas de Ebenezer Scrooge, los cuales, por cierto, también pueden interpretarse como productos de la ansiedad ocasionada precisamente por la falta de respeto a sí mismo del personaje. Es un elemento fundamental de la actitud del individuo para poder funcionar en el mundo contemporáneo”.

Quizá hablar hoy de decencia como solución a nuestros males suene infantil o trasnochado. Comportarse decentemente. ¡Menuda ocurrencia! ¿A quién le preocupa eso hoy en día? Da un poco de risa, ¿verdad? Sí, de Dickens también se rieron. De un escritor que, hace más de 150 años, parecía prever en qué mundo nos encontraríamos ahora cuando escribió para las líneas iniciales de “Historia de dos ciudades”: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”.

 

Última actualización en Lunes, 30 de Enero de 2017 18:43
 
Rohollah Balvardi
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