Rohollah Balvardi Rohollah Balvardi

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Aracne PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Miércoles, 26 de Octubre de 2011 18:32


Al igual que otros dioses del Olimpo, Atenea, la diosa de la sabiduría, no toleraba la menor insolencia por parte de los seres humanos. De todos los dioses, era la que más valoraba y fomentaba la inteligencia. Un día descubrió que una alumna suya, la tejedora Aracne presumía de ser más hábil que la diosa en las labores de tejido. La diosa no dio crédito a lo que oía. Atenea fue entonces a ver a Aracne disfrazada de anciana y la incitó a hablarle de su destreza para coser, para descubrir por sí misma cuál era el alcance del orgullo de la joven. Ésta aseguró haber aprendido sola a tejer y alardeó más de una vez de ser capaz de vencer a Atenea en una competición. Atenea se quitó entonces el disfraz y se mostró entonces como diosa, pero Aracne no se disculpó ni admitió haber dicho nada que fuera mentira. Por el contrario, se sentó al telar y se dispuso a tejer historias de dioses y mortales.

Atenea hizo lo propio. Su telar contaba la lucha con el dios Poseidón por nombrar a una ciudad griega que aún no tenía nombre. El enfrentamiento con Poseidón termina con la victoria de Atenea que denomina Atenas a la ciudad en su honor. Aracne no advierte el mensaje que le lanza desde el tapiz la diosa: ella nunca pierde. Siguió tejiendo un hermoso tapiz que hablaba de los engaños de Atenea y de los demás dioses a los mortales.

Cuando los tapices estuvieron terminados, nadie conseguía decir cuál era el mejor de los dos. Atenea destrozó el telar de la joven y empezó a golpearla con la lanzadera de madera. Desesperada, Aracne agarró una cuerda y se la anudó alrededor del cuello; luego buscó con la mirada alguna viga de la que colgarse. “Cuélgate si así lo deseas-le dijo Atenea-; no conseguirás morir así, ni tampoco tus hijos ni los hijos de tus hijos. Sufrirás por tu insolente locura el resto de tu vida”. Golpeó una vez más a Aracne, y entonces el cuerpo de la joven empezó a menguar y menguar hasta que su cabeza pareció estar a punto de desaparecer. Sin orejas, sin pelo, sin nariz..., tan sólo con estómago y patas, Aracne se transformó en una araña, y todavía hoy puede verse a sus muchos descendientes de ocho patas en los rincones de los techos, tejiendo sus intrincadas telarañas con el más fino de los hilos.

 
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