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Archipiélago GULAG PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Lunes, 28 de Marzo de 2016 17:24

Este es el inicio de un libro terrible que habla de lo peligrosas y deshumanizadas que son las dictaduras de cualquier signo...

EL ARRESTO (“Así tenía que ser: de la oveja mansa vive el lobo”)

¿Cómo se llega a ese misterioso Archipiélago? (Archipiélago Gulag: nombre de la red de campos de internamiento y de castigo soviéticos donde fueron recluidos millones de personas durante la segunda mitad del siglo XX). Hora tras hora vuelan aviones, navegan barcos y retumban trenes en esa dirección, pero no llevan un solo letrero que indique el lugar de destino.

Lenin y Stalin

Los que van a ocupar puestos de mando en el Archipiélago proceden de la Academia del MDV (Ministerio del Interior de Rusia). Los que van de vigilantes son convocados a través de la Comandancia Militar. Y los que van a morir allí, como usted y como yo, mi querido lector, deben pasar  forzosa y exclusivamente por el arresto.

¡El arresto! ¿Hará falta decir que parte nuestra vida en dos?, ¿que se abate sobre nosotros como un rayo?, ¿Qué representa un duro trauma espiritual que no todos son capaces de asimilar y que a menudo conduce a la locura?

El universo tiene tantos centros como seres vivos hay en él. Cada uno de nosotros es un centro del universo. Y el cosmos se desmorona cuando le dicen a uno entre dientes: “¡Queda usted detenido!”

Si alguien como usted está detenido, ¿no será que ha habido un cataclismo?, ¿habrá quedado algo en pie?

Con el cerebro en blanco, incapaces de abarcar tales evoluciones del cosmos, a todos, del más simple al más despierto, no se nos ocurre en ese instante, pese a nuestra experiencia de la vida, más que balbucear:

-¿Yo? ¿Por qué?

Pregunta repetida por millones y millones de veces antes de que la hagamos nosotros, y que nunca ha obtenido respuesta. Una detención es un tránsito impresionante, un cambio que nos transpone de un estado a otro.

La larga y sinuosa calle de la vida nos llevaba, a veces con paso alegre y otras en un sombrío vagar, a lo largo de unas vallas, vallas y más vallas, cercas de hierro, tapias de cemento, de ladrillo, de adobes o de madera podrida. No nos parábamos a pensar qué podía haber detrás de ellas. No intentábamos elevar la mirada ni el pensamiento hacia el otro lado. Pero allí, precisamente, justo a nuestro lado, a dos metros comenzaba el país del GULAG. Tampoco observábamos en aquellas tapias  el incontable número de puertas y portillos perfectamente ajustados y muy bien disimulados. ¡Todos esos portillos, todos, estaban esperándonos! Y de pronto se abría rápidamente la puerta fatal, y cuatro manos blancas masculinas, no acostumbradas al trabajo pero robustas, nos agarraban por el brazo, por la pierna, por la solapa, por la gorra, por la oreja, nos arrastraban como un saco, y cerraban para siempre el portillo a nuestras espaldas, la puerta de nuestra vida pasada.

¡Se acabó! ¡Queda usted detenido!

Y no atinas a dar ninguna respuesta, nin-gu-na, como no sea el balido del corderito:

-¿Yo-o? ¿Por qué?...

El arresto es un fogonazo cegador, un golpe que desplaza el presente convirtiéndolo en pasado, que convierte lo imposible en un presente con todas las de la ley.

Y no hay más. Esto es todo lo que somos capaces de asimilar, no ya en la primera hora, sino incluso en los primeros días. Centellea  todavía en nuestra desesperación una luna de papel, un decorado de circo: “¡Es un error! ¡Lo aclararán!”

Es un estridente timbrazo nocturno o un golpe brutal en la puerta. Es la arrogancia de unos agentes que irrumpen en casa sin limpiarse las botas. Es el asustado y anonadado testigo que permanece a sus espaldas. (¿Para qué traen siempre a un testigo? Las víctimas no se atreven a preguntar y los agentes ni les prestan atención, pero lo dispone la normativa, y deberá pasarse toda la noche en vela y firmar al amanecer. También para el testigo, arrancado de la cama, es un suplicio: noche tras noche, de arriba abajo, colaborando en el arresto de vecinos y conocidos).

El arresto tradicional son también las manos temblorosas que preparan las cosas del detenido: las mudas de ropa interior, el pedazo de jabón, algo de comida. Y nadie sabe qué es preciso llevarse, qué está permitido y qué ropa es la más conveniente, y los agentes meten prisa e interrumpen: “No necesita nada. Allí le darán de comer. Allí no hace frío”. (Mentira. Con las prisas quieren meter más miedo).

Las purgas estalinistas

El arresto tradicional son también –después, cuando ya se han llevado al pobre detenido-las muchas horas que va a ocupar nuestra vivienda una fuerza intrusa, dura e implacable. Romper desgarrar, sacar y arrancar de la pared, arrojar al suelo desde los armarios y las mesas, sacudir, desparramar, despedazar, montones de desechos en el suelo, crujidos bajo las botas. ¡Durante un registro no hay nada sagrado! Cuando arrestaron a un maquinista de tren, había en la habitación el pequeño féretro de su hijo, un niño que acababa de morir. Los militares arrojaron al niño del ataúd y revolvieron también allí. Y sacan violentamente a los enfermos de sus camas, y desenrollan los vendajes.

Tras el arresto, los que quedan se enfrentan a una interminable vida, vacía y revuelta. Y el intento de hacerle llegar paquetes al detenido. Pero en todas las ventanillas les ladran: “¡Este no figura aquí”, “¡No existe!”. En los peores días de Leningrado había que pasarse  cinco días apretujado en la cola para llegar a la ventanilla. Y solo quizás, al cabo de medio año, o de un año, el propio detenido dejaba oír su voz. O bien te espetaban: “sin derecho a correspondencia”. Y esto quería decir para siempre. “Sin derecho a correspondencia” significaba casi con toda seguridad que lo habían fusilado.

Así nos imaginamos nosotros el arresto.

Ciertamente en nuestro país preferían el arresto nocturno, como el que acabamos de describir, porque ofrecía considerables ventajas. Todos los ocupantes del piso estaban dominados por el horror desde el primer golpe en la puerta. El detenido era arrancado de la tibia cama, por lo que se encontraba en la indefensión del sueño y su razón aún estaba enturbiada. En un arresto nocturno, los agentes disponían de superioridad de fuerzas: llegaban varios hombres, armados, contra uno solo con los pantalones a medio abrochar; durante los preparativos y el registro se tenía la seguridad de que en el portal no se congregaría una muchedumbre de posibles partidarios de la víctima. La lenta y gradual visita a una vivienda, luego a otra, mañana a una tercera y a una cuarta, ofrecía la posibilidad de utilizar de forma racional  al personal operativo y de meter en la cárcel a una cantidad varias veces superior al número de agentes que componían la plantilla.

Otra de las ventajas de los arrestos nocturnos era que ni vecinos de la casa, ni las calles de la ciudad, podían ver a cuántos se habían llevado durante la noche. Aunque asustaban a los vecinos más cercanos, no eran ningún acontecimiento para los que vivían más lejos. Como si no existieran.

Sin embargo, los que recolectaban, aquellos cuya tarea consistía no solo en arrestar, aquellos para quienes los horrores de los detenidos eran una tediosa rutina, entendían la operación de detener de un modo mucho más amplio. Tenían una gran teoría; no vayan a creer, ingenuamente, que no la tenían. La ciencia de la detención es un párrafo importante del curso general de penitenciaría  y se sustenta en una teoría social fundamental. Los arrestos se clasificaban  según dos modalidades: nocturnos y diurnos; en el domicilio, en el lugar de trabajo y en viaje; por primera vez o por segunda vez, individuales o en grupo. Los arrestos se distinguían por el grado de sorpresa requerido, por el nivel de resistencia que cabía esperar (aunque en decenas de millones de casos no se esperaba ninguna resistencia, porque no se daba). Las detenciones se diferenciaban también por la escrupulosidad del registro; por la necesidad o no de levantar inventario y confiscarlo todo; por el sellado de las habitaciones y viviendas; por la necesidad de detener a la esposa después que al marido, de enviar a los niños a un orfanato, o bien al resto de la familia al destierro, o también a los ancianos a un campo penitenciario (…)

Hay que reconocer a los órganos de la Seguridad del Estado sus méritos: las detenciones pueden presentar múltiples formas.  Te llevan aparte en la entrada de la fábrica, una vez te has identificado con el pase, y ya estás; te sacan del hospital con fiebre y el médico no protesta (¡que se le ocurra!); te sacan directamente del quirófano en plena operación de úlcera de estómago y te meten en una celda medio muerto y ensangrentado; consigues a duras penas una entrevista con tu madre condenada, ¡y te la dan!, pero resulta que el careo precede a la detención. En un supermercado te invitan a pasar al departamento de pedidos y te detienen allí mismo; te detiene un peregrino al que por caridad dejaste pasar la noche en casa; te detienen el fontanero que vino a tomar la lectura del contador; te detiene el ciclista que tropieza contigo en la calle; el revisor del tren, el taxista, el empleado de la Caja de Ahorros, el gerente del cine, cualquiera puede detenerte y solo te dejan ver su carnet rojo, que llevaba cuidadosamente escondido, cuando ya es demasiado tarde.”

La historia secreta del "Archipiélago Gulag"

 

“Archipiélago Gulag”  Alexsandr Solzhenitsyn

Última actualización en Martes, 18 de Octubre de 2016 18:00
 
Rohollah Balvardi
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