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Cuentos de amor de todo el mundo PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Sábado, 21 de Noviembre de 2015 17:37

I.-“LOHKSEIEL LA FEA” (Cuento del Atolón Ulithi)

“En el lugar donde sucedió esta historia vivía una muchacha muy fea. Su fealdad asustaba a la gente y estaba acostumbrada a no tener amigos. Su casa se hallaba al lado del club de campo donde vivían algunos hombres y cada mañana era la encargada de despertarlos. Contra su voluntad, claro. Se levantaba con los primeros rayos del sol y salía a barrer la entrada de la casa, entonando alegres canciones que siempre acababan despertando a sus vecinos. Ellos no le tenían ninguna simpatía y siempre hablaban muy mal de ella. Diariamente, tenían conversaciones como ésta:

-No he visto nunca a nadie tan feo como ella.

-¡Ni siquiera parece una mujer!

-¿Una mujer, dices? ¡Ni siquiera parece un ser humano!

Dio la casualidad de que el día que se dijo precisamente esto se encontraba en el club el hijo del jefe, que sintió una enorme pena por Lohkseiel . Se puso su mejor ropa y fue a visitarla. Al principio, sorprendida por aquella visita, ella no quería dejarlo entrar.

-Mi casa es humilde, soy pobre, y sobre todo soy muy fea. Más fea de lo que se pueda imaginar, así que alguien como usted no puede hacer nada aquí.

El joven insistió y finalmente pudo entrar. Era cierto que era una mujer muy fea, pero era agradable charlar con ella, pues era muy ingeniosa. Al cabo de poco, le propuso matrimonio. Primero Lohkseiel se negó, le dijo que si se casaba con ella todos en el pueblo se reirían de él, pero ante su insistencia acabó aceptando la proposición. Antes de casarse, sin embargo, le pidió que fuera a ver a sus padres unos días, porque tenía cosas que hacer. Él así lo hizo, y por su parte se fue a ver a los suyos. Cuando volvió, había traído para él frutas y comidas suculentas.

El joven le dijo que le quería presentar a sus padres, y viendo que las cosas eran ya muy serias, ella le hizo antes esta advertencia:

-Nos vamos a casar, sí. Durante el día estaremos juntos cuanto quieras, pero por la noche quiero que vayas a dormir al club.

La muchacha encontraba su cuerpo tan horroroso, que no quería que su marido se estremeciera al verla desnuda y se sintiera obligado a tener relaciones con ella. Su prometido se negó a dormir en el club, arguyendo que si se casaba con ella era porque la quería y estaba dispuesto a estar a su lado en todo momento, pero no consiguió convencerla.

Al final, las cosas se hicieron como  había previsto Lohkseiel.

Su matrimonio era poco convencional, pues sólo durante el día eran pareja, pero los dos eran felices de este modo. Sin embargo, algunas personas no comprendían esa relación. Ya cuando se casaron, las mujeres del pueblo se pusieron furiosas por la elección del hijo del jefe, pero la relación que tenía con la fea Lohkseiel todavía les molestaba más. No estaban dispuestas a que se desperdiciara de este modo un hombre como él y urdieron un plan.

Una noche fueron a casa de Lohkseiel y la sorprendieron durmiendo. La ataron y la metieron dentro de una bolsa. La llevaron hasta el puerto y una vez allí la tiraron al mar.

Al día siguiente, el marido fue a su casa a buscarla, pero no la encontró. Preguntó a todos los vecinos, pero nadie la había visto. Las mujeres, satisfechas, empezaron a frotarse las manos, pero en realidad la treta les había salido mal.

Desde aquel día y hasta el día de su muerte, el hijo del jefe no dejó de buscar a Lohkseiel.”

II.-“LA TRANSFORMACIÓN DE PARABRUMA” (Cuento de los aborígenes)

“En una aldea del norte de Australia vivían dos jóvenes que se desvivían por el amor de Parabruma. Le pidieron que eligiera a uno y la muchacha no dudó. Se había enamorado de Mudati, pues era mucho más dulce y alegre que Yurumu. A éste le sentó muy mal la decisión de Parabruma. No quería conformarse e intentaba separar a la pareja por todos los medios, con todas las tretas imaginables, pero el amor que se tenían era muy fuerte y superaba todas las pruebas a las que él lo sometía.

Un día, Yurumu vio a un canguro que salía de su nido para ir a comer y se le ocurrió una idea. Se hizo con unas cañas que afiló a conciencia y las clavó con las puntas  hacia  arriba a la entrada de la madriguera del animal. Después se fue a ver a Mudati y le convenció para salir de caza. Lo condujo hábilmente hasta donde se encontraba la madriguera, y con gestos le indicó que el animal estaba dentro. Para que no escapara, el pobre Mudati saltó para tapar la entrada y las cañas se le clavaron en las plantas de los pies. Cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Su agonía era tan grande que se convirtió en cometa y salió volando hacia el cielo.

Satisfecho con lo que había pasado, Yurumu se fue a ver a Parabruma para proponerle matrimonio, pero ésta se negó. Había visto todo lo ocurrido y le dijo al malvado Yurumu que no quería que volviera a acercarse a ella nunca más. Furioso, sacó el palo que había utilizado para la caza y empezó a golpear a la muchacha en la cabeza. Le dio con tanta fuerza, que la piel ensangrentada  empezó a caerle por ambos lados de la cara. Entonces, lanzó un grito de dolor y se convirtió en un chorlito. Todavía hoy, estos pájaros tienen una parte de la cara que les cuelga a lado y lado, y se diría que su graznido es parecido al grito de Parabruma.”

III.-“UN AMOR PROHIBIDO”

“Hace muchísimos años, vivían en una isla un muchacho y una muchacha que estaban muy enamorados el uno del otro. Sin embargo, debían mantener su amor en secreto, pues pertenecían a tribus enemigas y sus padres no habrían aceptado nunca su relación.

A pesar de tener que esconderse, eran muy felices juntos, pero desgraciadamente un día llegó el momento que más temían. El padre de la joven decidió que estaba en edad de casarse y empezó a buscarle un marido. Ninguna la complacía, así que la pareja pudo continuar viéndose durante algún tiempo, pero al final el hombre anunció a su hija que había encontrado al candidato perfecto. Como la muchacha no estaba dispuesta a tomarlo como esposo, decidió contarle la verdad a su padre. Ciega de amor, pensó que si él la veía feliz, aceptaría a su amado aunque no fuera del mismo clan. Sin embargo, no fue así. El padre se puso furioso. ¡Cómo había podido engañarlo durante tanto tiempo! Arrastró a su hija del pelo y la encerró. No saldría hasta el día de la boda.

El día antes la chica le pidió a su padre que la dejara salir a  bañarse. Si de verdad tenía que casarse, al menos quería ser una novia hermosa. Viendo que su hija empezaba a entrar en razón, el hombre la dejó salir. Pero la muchacha tenía unos planes distintos a los anunciados. En cuanto se abrió la puerta de su habitación, salió corriendo y no paró hasta que llegó a un cocotero muy grande. Se subió a él, y una vez en la copa, se tiró.

Cuando su amante se enteró de su muerte fue a ver el cuerpo. Lleno de dolor, se acercó a ella y le arrancó un cabello. Después se hizo a la mar.

Los que estaban allí cuentan que nadó con todas sus fuerzas, pero solo con el brazo derecho. Con el izquierdo aguantaba el pelo bien alto para que no se mojara. Estaba ya muy lejos de la costa, y el muchacho empezó a cansarse. No tenía más fuerza y empezó a hundirse. Lo último que pudo verse fue su mano, que seguía sujetando el pelo de su amada.

Cada tribu lloró la muerte de su ser querido. Se echaron las culpas de sus muertes  unos a otros, pero pronto comprendieron que el amor que unía a sus seres queridos era único: en el lugar donde se ahogó el muchacho apareció una pequeña isla con un cocotero en el centro.”

 

IV.-“LAS FLORES DE SANGRE” (Cuento de los aborígenes)

“Purlimil era una joven afortunada: se había enamorado de Borola, el muchacho más apuesto de su aldea, y a su vez él se había enamorado de ella. Los dos amantes planeaban el futuro juntos. Querían casarse e ir a vivir con unos familiares que vivían al este de la isla. Sin embargo, un inesperado suceso truncó sus planes.

Antiguamente, los ancianos de la tribu se reunían y tomaban decisiones que afectaba a sus habitantes, y en una de esas reuniones decidieron que Purlimil debía casarse con el viejo Turlta. Era un hombre antipático, agresivo y celoso, y la muchacha se negó. Sus padres intentaron hacerle comprender que no tenía opción, que debía aceptar la decisión, pero Purlimil y Borola encontraron otra salida. Una noche oscura huyeron y fueron a vivir donde habían previsto inicialmente. Sus familiares, que no sabían lo que había ocurrido, les acogieron con los brazos abiertos y la pareja se instaló allí, junto a un lago.

Vivieron tranquilos durante muchos años, olvidando completamente el desgraciado episodio con Turlta. Al principio, a Purlimil le sorprendió que éste no hubiera tomado represalias contra ellos, pero como su vida transcurría apaciblemente, sin que el viejo diera señales de vida, acabó pensando que no debía ser tan malo como ella creía. Desgraciadamente, Purlimil se equivocaba. Turlta era peor.

Durante años estuvo intentando descubrir el paradero de los dos amantes y finalmente lo descubrió. En pocos días, consiguió organizar un grupo numeroso de guerreros dispuestos a combatir contra las gentes que habían acogido a los dos fugitivos. La consigna era clara: todos debían morir, excepto Purlimil. Turlta se encargaría personalmente de su castigo.

El ataque contra la tribu fue muy sangriento.  Los habitantes, que recibieron el ataque completamente por sorpresa, se defendieron como pudieron, y se generó tanta confusión que Purlimil fue asesinada junto al resto de aldeanos.

Turlta tuvo que abandonar el lugar con las manos vacías, pero un año después decidió volver para regocijarse con el panorama de los huesos dispersos por el suelo. Para su desgracia, cuando llegó no vio ni rastro de la masacre. En el lugar en que en su día yacieron decenas de cadáveres habían crecido flores de color bermellón. El viejo comprendió que el espíritu de los asesinados seguía vivo e intentó abandonar el lugar lo antes posible, pero ya era tarde para él. Del cielo cayó un rayo que lo fulminó.

Las lágrimas de los muertos habían  convertido el agua dulce del lago en agua salada, y sus cuerpos habían renacido en las flores que los aborígenes llaman desde entonces las flores de la sangre. Turlta, en cambio, fue convertido en roca.”

V.-EL SOL Y LA LUNA (Cuento de Nueva Caledonia)

“Hubo  un tiempo en que el Sol y la Luna no se separaban nunca. Si uno debía ir a algún sitio, el otro lo acompañaba. Un día que el Sol estaba hambriento, le dijo a la Luna que fuera a buscar un gran ñame (1) para cenar. Mientras tanto, él prepararía el fuego. La Luna fue en busca de la planta y cuando volvió con ella el Sol ya tenía las brasas encendidas.

Pusieron el ñame en el fuego y esperaron a que se cociera. Al Sol se le hacía la boca agua, y al cabo de unos minutos decretó que ya podían comérselo. La Luna, que era más paciente y que además no tenía tanta hambre, le dijo que esperaran un poco más y al Sol no le quedó más remedio de sentarse de nuevo.

Al cabo de poco, volvió a insistir en dejarla un poco más. Así sería más sabrosa , le dijo. El pobre Sol no podía más. Al cabo de un rato, muy corto, la verdad sea dicha, se levantó  y le dijo a la Luna que, dijera lo que dijera, aquel ñame ya estaba en su punto de cocción para ser comido. La Luna volvió a insistir, todavía le faltaban  unos minutos, tan solo dos o tres. Pero el Sol no podía esperar más. Cogió el ñame de un extremo para llevárselo a la boca, pero entonces la Luna lo agarró del otro. Los dos hicieron fuerza hasta que la Luna cedió y el pobre Sol salió disparado, cayendo dentro de las brasas. Salió rojo de cólera y tan brillante que desde entonces nadie lo puede mirar directamente. La Luna, asustada, huyó hacia el mar. Lo cruzó a nado y su figura se fue volviendo cada vez más blanca y pálida.

Desde aquel día, el Sol y la Luna se persiguen, pero no logran nunca estar juntos.”

Ñame: tubérculo grueso y harinoso rico en hidratos de carbono

VI.-“UN MAL PADRE” (Cuento de Angola)

“En una  pequeña aldea vivía un matrimonio. Aunque los dos cónyuges se querían mucho, su felicidad no era completa porque no tenían hijos. Por más que lo intentaban, la mujer no se quedaba embarazada. Un día, un visitante del pueblo vecino les habló de un curandero que hacía milagros, y el matrimonio decidió ir a visitarlo. Cuando llegaron ante el curandero, les preguntó cuántos hijos querían tener, y los dos respondieron que muchos.

-Bien-les dijo el brujo-entonces debéis ir al manantial de las sirenas y elegir el árbol que más os guste del bosque. Uno de vosotros deberá agarrarlo con fuerza y sacudirlo: las hojas que caigan indicarán el número de hijos que tendréis.

El matrimonio salió de la casa del curandero a toda prisa y se dirigió al lugar que les había indicado. Cuando llegaron, se dieron cuenta de que el brujo tenía razón: centenares de árboles formaban un espeso bosque alrededor del manantial.

El matrimonio no eligió  enseguida. Durante algunas horas, el marido y la esposa estuvieron examinando los árboles, tratando de adivinar por el follaje cuál sería el mejor. Al final se decidieron por uno con las ramas muy cargadas, pues pensaron que así sería más fácil que las hojas cayeran.

-Lo sacudiré yo-dijo el marido-, porque tengo más fuerza y haré caer más hojas.

-Ni hablar-respondió la esposa-, yo voy a  tener que llevar a nuestros hijos en el vientre, así que seré yo quien lo haga.

Estuvieron discutiendo durante casi una hora, pero como empezaba  a anochecer, al final el esposo cedió.  La mujer se agarró al árbol y, con todas sus fuerzas, intentó moverlo, pero el resultado no fue el deseado: sólo consiguió que cayera una hoja. Su marido se enfadó mucho:

-Lo ves, estúpida, debería haberlo hecho yo.

La pobre mujer estuvo llorando durante todo el camino de regreso a casa, mientras el esposo la reprendía. Pero pronto recuperó la sonrisa: al cabo de unos días, empezó a crecerle el vientre. ¡Por fin tendría un hijo!

Cuando éste nació, era la mujer más feliz del mundo. El padre también parecía contento, pero seguía enfadado por el hecho de no tener más que uno. Un día, salió por la mañana, como solía hacer, pero no volvió al anochecer. Ni siquiera al día siguiente, ni al otro. Al principio su mujer lo esperaba, estaba preocupada por él, pero pronto comprendió que nunca volvería, y haciendo de tripas corazón se dedicó, ella sola, a la educación del niño. Mientras tanto, su marido se había casado con otra mujer, con la que había tenido varios hijos.

Madre e hijo vivían felices pese a la ausencia del padre, pero un día la mujer enfermó. Nadie sabía qué le ocurría, su hijo la llevó a ver al mismo brujo que había atendido a sus padres años antes, pero no se pudo hacer nada. La pobre murió al cabo de pocos días.

El chico estaba muy triste, y aunque era muy pobre, quería que su madre tuviera el entierro que se merecía.  Quería vestirla con telas nuevas, y como no tenía suficiente dinero para comprarlas, decidió abrir el viejo arcón que su padre había dejado y que su madre le había dicho siempre que no podía tocar. En él encontró lo que buscaba y el entierro pudo celebrarse. Pocos días después, el padre se presentó en la casa. Una persona del pueblo le había informado de la muerte de su mujer, pero no venía precisamente porque lo lamentara, ni para ocuparse de su hijo. Cuando vio el arcón abierto, se enfadó.

-Hijo, quiero que me digas ahora mismo de dónde has sacado lo necesario para celebrar el entierro de tu madre.

El chico, muy asustado, le contestó  que había  cogido algunas cosas del arcón, y el padre le propinó una gran paliza.

-Ya puedes irte ahora mismo al cementerio a pedirle las telas a tu madre, y más vale que no vuelvas sin ellas.

El pobre niño llegó llorando a la tumba de su madre. Le explicó lo que pasaba, y ella le dijo que volviera al día siguiente. Sucedió lo mismo seis días seguidos, durante los cuales el padre le dio unas palizas monumentales. Por fin, el sexto día la madre le pidió que acudiera a la tumba con su padre, para devolverle en persona lo que le pedía.

Fueron hacia allí, y una vez junto a la tumba, el marido se arrodilló para recuperar sus telas, y entonces la madre sacó la mano y lo agarró, haciéndole caer en la fosa. Ella, en cambio, salió de allí. La tierra empezó a cubrir al marido, que quedó enterrado para siempre.

Cuando la mujer volvió al pueblo, la gente creyó estar viendo a un fantasma, pero pronto  les hizo comprender que había resucitado, que era una persona de carne y hueso, y pudo volver a vivir con su hijo en armonía”.

VII.-“DISPUTA ENTRE EL FUEGO Y LA LLUVIA” (Cuento de Nigeria)

“Había una vez un rey que tenía una única hija que era la muchacha más hermosa del reino. Según los viajeros que  llegaban a la ciudad, incluso la más bella del mundo. Un día, el monarca anunció que a su hija le había llegado la edad de casarse, y que estaba dispuesto a recibir peticiones. Ella tenía muchos admiradores, pero los más rápidos fueron el Fuego y la Lluvia.

El primero se dirigió al padre, que lo consideró un magnífico marido para su hija. Después de conversar largamente, lo aceptó como yerno. Por su parte, la Lluvia fue directamente a ver a la princesa. Le pidió la mano  y ella aceptó, pues la Lluvia le gustaba en secreto desde hacía tiempo.

Cuando el padre y la hija se reunieron, se dieron cuenta de lo que había sucedido. Los dos habían hecho una promesa y no podían romperla. Estaban intentando encontrar una solución que satisficiera a todas las partes, cuando llegaron los dos pretendientes. Ninguno entendía la presencia del otro en casa de la princesa, pues cada uno de ellos se sabía el elegido. Al rey y a su hija no les quedó más remedio que explicarles lo sucedido y pedirles disculpas. Ambos las aceptaron educadamente, pero exigieron saber quién iba a casarse con la princesa. Estuvieron discutiendo durante horas y, finalmente, el rey habló. Estaba cansado de tanto hablar sin llegar a una solución.

-De momento, debéis saber  que he escogido el día de la boda. Mi hija se casará pasado mañana. Su futuro marido se decidirá entonces. Antes de la ceremonia, se organizará una carrera entre la Lluvia y el Fuego. El ganador se casará con la princesa.

Los dos pretendientes aceptaron las condiciones y se fueron a su casa. Deseaban descansar para estar en forma el día de la carrera.

Cuando  llegó el esperado momento, los dos parecían tranquilos. Se alinearon y el rey dio la señal de salida. El Fuego salió con mucho ímpetu. El día era ventoso y eso iba en su favor. La Lluvia, en cambio, seguía en la meta como paralizada. El Fuego fue ganando terreno sin dificultad. Se estaba acercando peligrosamente a la meta cuando los asistentes empezaron a oír  ruido de agua. Por fin, la Lluvia parecía haber despertado y empezaba a avanzar. Empezó débilmente, pero cada vez se hizo más fuerte. Consiguió alcanzar al Fuego, y no sólo eso, sino que además lo apagó prácticamente del todo. Sin fuerzas, el pobre Fuego tuvo que rendirse. La Lluvia había sido la primera en llegar a la meta. El rey concedió, pues, la mano de su hija a la Lluvia. La princesa estaba muy contenta, pues si hubiera ganado el Fuego no lo habría aceptado como marido y su padre se hubiera enfadado mucho.

La pareja vivió feliz durante mucho tiempo, no así el pobre Fuego. Desde entonces, él y la Lluvia no soportan encontrarse.”

VIII.-“LA FLOR DEL AMOR” (Cuento guaraní)

“El joven Pitá y la bella Morotí se amaban; era sabido por todos. Sus padres  también conocían aquel amor, y estaban dispuestos a consentir el matrimonio de sus hijos cuando llegara la ocasión. Y el momento hubiera llegado muy pronto, si no hubiese pasado lo que os relato a continuación. Ya hemos dicho que los dos jóvenes se amaban  sinceramente, pero Ñandé Yara quiso ponerlos a prueba y ejerció un maleficio sobre Morotí. La joven se volvió muy coqueta , empezó a presumir de su amado, del valeroso guerrero que era, e incluso se atrevió a poner en prueba su amor. Delante de todos sus amigos, y segura de que Pitá haría todo lo que ella le pidiese, lanzó su brazalete al río y rogó a su amado que fuera a por él. Sin dudarlo, Pitá se lanzó al agua. Morotí esperaba satisfecha a que su prometido saliera a la superficie, pero iban pasando los minutos y Pitá no aparecía. Esperaron horas, le buscaron por toda la orilla, recorriéndola entera de arriba abajo, pero no había rastro de él.

Desconsolada, Morotí se fue a buscar ayuda al brujo del pueblo. El brujo fue hasta el lugar donde Pitá había desaparecido, y después de mirar fijamente el agua, dijo:

-Tu Pitá está en brazos de la malvada I Cuná Payé. Esta hechicera lo ha cautivado y le ha hecho olvidar toda su vida pasada. Cada vez que le besa, desaparece una parte de los recuerdos de tu amado.

Al oír esto, Morotí no dudó ni un instante:

-Voy a ir a buscarlo. Le recordaré quién es su prometida.

El brujo le dijo que sólo ella podría salvarlo, pero que fuera con cuidado, porque la hechicera tenía grandes poderes.  Todo el pueblo se reunió para ver cómo Morotí desaparecía en las aguas del río. No quisieron perderse su vuelta con Pitá y se quedaron allí esperando. Pasaron dos días sin que tuvieran noticia alguna, pero al nacer el tercer día apareció sobre el agua una flor roja y blanca.

-Es la prueba de que Morotí ha conseguido salvar a su amado, pues la flor es blanca, como el nombre de Moratí y roja por el de Pitá.

Desde aquel  día, el irupé, que fue como bautizaron a la flor, se considera un símbolo de amor. El amor de  un muchacho dispuesto a todo por su amada, y el amor de una amada dispuesta a dar la vida, arrepentida, por su amado”

 

Última actualización en Viernes, 21 de Diciembre de 2018 07:49
 
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