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Malditos bastardos PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Domingo, 01 de Febrero de 2015 16:45

No eran tan malos (no iban degollando nazis, ni tatuando esvásticas sobre la frente de sus víctimas, ni cortando rubias cabelleras arias) como en la película de Quentin Tarantin, pero sí fueron los más duros, los tipos con las agallas mejor puestas y más grandes de aquella guerra terrible, de aquella carnicería de seis años que fue la Segunda Guerra Mundial. Sí, eran los más duros y los más inmundos (esa es la traducción de su mote, “filthy”) y los más cochambrosos  porque solo se lavaban una vez a la semana ( y no siempre), normalmente el sábado, cuando dejaban el campo de entrenamiento en Campo Toccoa (Georgia) y se iban a la caza de unas faldas, unos labios pintados y unos tragos de cerveza.

Malditos bastardos

Duro, sucio y cochambroso no es la mejor definición de un soldado, pero cuenta la leyenda que fueron los mejores, las águilas voladoras, los bastardos, los hombres más esforzados del 560º Regimiento Paracaidista, perteneciente a la 101ª División  Aerotransportada del Ejército norteamericano durante la II Guerra Mundial, la unidad que se comió todos los marrones, el Desembarco de Normandía (ellos se lanzaron en paracaídas tras las líneas enemigas; la cuarta parte ni siquiera llegó viva al suelo), hasta la toma de Bastogne (casa a casa, habitación a habitación) durante la terrorífica batalla de las Ardenas en el invierno de 1944, allí donde los alemanes a bordo de sus panzer ( y ejecutando prisioneros) estuvieron a punto de cambiar  de nuevo el curso de la guerra que ya tenían aparentemente perdida desde el día D y las dantescas matanzas en las playas.

 

Estos hombres (eran trece, voluntarios y no tanto, más bien desechos indisciplinados y pendencieros, repudiados por sus sargentos y oficiales como basura) ponían minas, las quitaban, demolían puentes, los levantaban, exploraban, hacían tareas de limpieza, eliminaban enemigos concretos (jefes de las SS, generalmente), desbrozaban el camino, preferían matar a hacer prisioneros, eran rápidos, certeros, no se sabe si valientes o suicidas (“El valor es aguantar el miedo un minuto más”, sentenció el general Patton), no fallaron nunca, y recibieron muy poco para lo mucho que ellos dieron.

Lo ha contado el cine y ahora lo cuenta el historiador Richard Killblane, quien ha recogido el testimonio de Jake McNiece, el tipo que creó la unidad destinada a la gloria y/o el infierno, esos trece bastardos.

McNiece, que murió en 2014, a los 94 años nació en Oklahoma y era hijo de unos granjeros acomodados que se arruinaron en la Gran Depresión de 1929. Por ello, como el resto de sus nueve hermanos, no pudo ir a la Universidad y, aunque al principio la guerra no le interesaba mucho, tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre del 41, menos de un año después, el 1 de septiembre de 1942, se alistó en el ejército. No pensaba ser un héroe, solo huía de la policía. Pronto sus jefes se dieron cuenta de que era un tipo muy especial. De fuerte complexión (era un fantástico jugador de fútbol americano), de fortísimo carácter e ingobernable, se le encomendó formar una unidad muy especial, que dejaría a los comandos en soldaditos de plomo, una unidad que se hizo legendaria y a la que muchos acudían en busca de emociones fuertes. Los hombres querían estar en su grupo porque aseguraban  que con él, a pesar de los riesgos, había más posibilidades de  vivir. Se ganó un puñado de condecoraciones, pero abandonó el ejército y trabajó  durante veintiocho años como cartero.

Richard Killblane (1955) también es del mismo terruño que McNiece, Oklahoma y también ha sido militar. Fue especialista en contrainsurgencia y estuvo destinado en Honduras y en El Salvador. Después, fuera del ejército, estudió Historia y ha estado destinado en Kuwait, Irak y Afganistán como historiador del ejército.

El autor del libro explica que “todo el mundo tenía que ser voluntario para unirse a una unidad aerotransportada. Lo especial de los bastardos es que McNiece era un líder natural, era también un creador de problemas pues la disciplina no era su fuerte. Pero a los chicos duros les encantaba, sobre todo los que no podían llevarse bien con los demás , y sus jefes pensaron que haría carrera con ellos.

Los entrenamientos en Toccoa, bajo la supervisión del coronel Robert Sink y el mando directo de McNiece, eran física y mentalmente muy fuertes y los más duros querían servir con el más duro. Tras hablar con McNiece, el historiador está convencido de que “los nazis tenían bastante miedo a los bastardos”  y asegura que “las órdenes venían de arriba, ellos solo las ejecutaban” y piensa que “los soldados nunca cambian, pero el ejército sí lo hace. El entrenamiento hoy es mucho mejor, y no es tan brutal como lo era en la II Guerra Mundial, salvo en unidades de élite como los Rangers y los Boinas Verdes”. Y subraya que en la guerra vale todo, aunque, estos hombres no iban por ahí rebanando pescuezos  y cortando cabelleras por la espalda. “Solo querían matar al enemigo en combate y lograr cumplir la misión asignada”.

 

Última actualización en Miércoles, 02 de Enero de 2019 12:14
 
Rohollah Balvardi
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