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El regreso de la disciplina (Texto) PDF Imprimir Correo
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Jueves, 18 de Octubre de 2012 22:05

 

EL REGRESO DE LA DISCIPLINA: ¿CON MANO DURA O CON GUANTE DE SEDA?

Con los profesores en pie de guerra por los recortes educativos, un nuevo debate planea sobre la comunidad educativa europea: ¿necesitamos más disciplina en las aulas? Por lo pronto, el ministro de Educación del Reino Unido aboga por autorizar los castigos corporales. En España se reclama un modelo que recupere la autoridad. Mejor basado en fortalecer la buena conducta que en castigar la inadecuada, apuntan los expertos.

Disciplina positiva

La palabra, por qué negarlo, tiene mala prensa. La mera mención de la misma trae a la cabeza látigos, fustas, cañas y todo tipo de instrumentos represores asociados a los elitistas internados británicos. Dolor y disciplina van juntos en la imaginación a la que se suman escasez de muebles en los colegios, un frío extremo, maestros con el cuello duro abrochado hasta el último botón, madrugones, comida escasa y poco apetecible, formación en filas y uniformes.  Y sin embargo, el runrún de los últimos años ha ido creciendo hasta convertirse en clamor: queremos y necesitamos más disciplina para nuestros hijos. En estos momentos de crisis intuimos que debemos preparar a nuestros hijos para un régimen de vida duro, muy duro.

En Reino Unido, tras los disturbios y saqueos violentos de este verano, protagonizados muchos por adolescentes y niños, la llamada a la disciplina se ha propagado Hasta tal punto de pedir la vuelta del canning (el castigo físico con varas de cáñamo y otro material) en las escuelas. El ministro de Educación, Michael Gove, aboga no solo por el recurso al castigo corporal sino por el aumento de profesores varones en primaria (un “modelo de autoridad masculino”), multas para los padres cuyos hijos infrinjan las normas (hasta 1150m euros en los casos más graves) y presencia de exmilitares en las aulas como una labor de tolerancia cero ante la mala conducta que inculquen valores militares a los chavales.

¿Qué dicen los padres? Según una encuesta de “Times Educational Supplement”, prácticamente la totalidad de los padres y dos tercios de los alumnos creen que es necesario un liderazgo más fuerte del profesorado. El 49% está a favor de recurrir a los azotes (un 19% de los alumnos de Secundaria también), mientras que el 45% se opone. Además, el 75% es favorable a las expulsiones, el aislamiento y el viejo método de escribir 100 veces loque no se debe decir o hacer en las clases. A pesar de las cifras, parece imposible que los maestros recurran al canning o al smacking (coscorrones): el Gobierno ha declarado que es impensable volver a una práctica abolida en 1986 y prohibida por el Parlamento en 1998.

ValorArte

En nuestro país llevamos ya años contemplando cómo los padres que pueden optan por la enseñanza privada o concertada por su mayor orden en las aulas. Ya en 2005, un estudio de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) advertía de que los padres deseaban un modelo educativo que marque límites claros y recupere la autoridad, de ahí que se inclinen por los colegios privados ya que “favorecen la socialización entre iguales y recuerdan valores de ética y de disciplina”. Alrededor del 30% de los padres españoles prefiere no matricular a sus  hijos en colegios públicos por tres razones: distinción, servicios y disciplina.

Es más que probable que el resto desee hacer lo mismo, pero no pueda por motivos económicas. De hecho, un estudio de 2010 de la Fundación Alternativas señala que las clases medias y altas de la sociedad están abandonando la escuela pública a favor de la concertada, aunque esta última no ofrece mejores resultados académicos. Lo que se aseguran es mayor control y mayor porcentaje de padres con título universitario, un 23% en la concertada frente al 11% en la pública.

José Luis Díez es director del IES “San Blas” de Madrid donde ejerce desde hace 40 años. Hoy el centro se dedica a la Formación Profesional, pero hace años sí impartió clases de Secundaria y tuvo que enfrentarse a muchos problemas disciplinarios con chavales de entre 13 y 15 años: “el comportamiento de los alumnos es reflejo de lo que viven en casa. Cuando un chaval tiene problemas de disciplina es porque en casa la educación no es la correcta. El problema no es de los institutos sino de la familia, y allí es donde hay que atajarlo.”

Carmen Perea, profesora de Lengua y Literatura en un instituto público madrileño, reconoce que no suele tener problemas de disciplina en sus clases, aunque así admite una diferencia entre los colegios públicos y los privados. “Además del número de alumnos por clase, la diferencia fundamental es que si tienes un problema con un chico, lo echas y punto. El protocolo es similar en ambos (amonestaciones, expedientes, expulsión), pero llega un momento en el público todo se complica mucho. Si echas a un alumno, solo consigues un traslado  y el problema continua en otro instituto.”

¿Pero cómo se plasma hoy  esa ansiada disciplina que ha dejado huella en la literatura, el cine y nuestra imaginación? Descartados los pescozones, pellizcos y tirones de orejas ¿deberán aún arrodillarse sobre garbanzos los que alborotan en clase? En el King’s College, Colegio Británico de Madrid( 1800 estudiantes entre2 y 18 años) se benefician de una educación de estilo inglés. Cada año, más de 200 aspirantes se quedan fuera del proceso de selección. “El nivel de disciplina es muy alto, confirma Elaine Blaus, directora del centro: “empieza a los 3 años. Insistimos en el respeto a profesores y compañeros y en las maneras: esperar en silencio, no gritar, levantar la mano para hablar, no empujar, ceder el paso, decir buenos días. Cuando son mayores esperamos que estén asumidos”.

Antes de dirigir el Colegio Británico, Blaus fue profesora en la escuela pública británica y su experiencia le hace apoyar la asunción de castigos más duros que devuelvan la autoridad al profesorado: “creo que pueden resolver situaciones difíciles. Los castigos más duros cambian los comportamientos. Y lo que es más importante, resultan un ejemplo para toda la clase.

En su centro no suelen darse problemas graves (ninguna expulsión en los dos últimos años), quizá porque el reglamento es claro e inflexible: “el régimen de castigo es riguroso: desde la amonestación hasta volver el sábado al colegio a realizar un trabajo y, finalmente la expulsión. Empezamos por cosas muy pequeñas, como hablar sin permiso, porque creemos en la tolerancia  cero con el mal comportamiento. El rigor funciona. Cuando las reglas y los castigos están claros, todo el mundo sabe lo que debe hacer. Los niños son más felices y se sienten más seguros, y los padres apoyan al colegio, es una de las principales razones para traer aquí a sus hijos”.

TIEMPOS MUERTOS.-El madrileño colegio Retamar, masculino, es tenido por uno de los más estrictos de la región en cuestión de disciplina. Efectivamente, una puntualidad casi británica y un horario en el que no hay tiempos muertos aseguran aseguran que todo el mundo tenga algo que hacer y un sitio donde estar en cada momento. El uniforme, pantalón y chaqueta gris , debe estar impecable. En el comedor los profesores cuidan de que los alumnos usen los cubiertos debidamente. El don precede al nombre en el trato con los profesores, que a su entrada en el aula son recibidos de pie por los alumnos. Jamás un papel en el suelo. La clase no comienza si las mesas no están debidamente alineadas. Cualquier salida de tono se apunta en un parte que va directamente al tutor. Al menor problema, se acude a los padres del alumno problemático. Los castigos: pedir disculpas al compañero agraviado, horas extras después de clase, expulsiones en los casos más graves…

LA LEYENDA.-La distancia que separa el ayer del hoy en estos centros se puede recorrer en la misma literatura sobre la que se construye la leyenda. De los terrores victorianos relatados por Charlotte Brönte en “Jane Eyre” a los permisivos y apetecibles internados de Enid Blyton y J. K. Rowling (el amable internado de Harry Potter) hay una gran distancia. Fue de hecho el internado de Santa Clara , tal y como lo  concibió para sus mellizas  Pat e Isabel la escritora londinense Enid Blyton, el que llevó a un internado a la escritora Carmen Posadas. Su experiencia fue determinante: “si me hubiera quedado en España probablemente hubiera sido muy desgraciada”, afirma y ,aunque  ha enviado a sus dos hijas a instituciones similares, piensa que no existe el colegio perfecto, sino “el que mejor encaja con la forma de ser de cada uno”.

“Estuve interna dos años en uno cerca de Oxford, entre los 14 y los 16 años. Estoy muy agradecida a aquellos años, porque era una niña muy tímida, educada entre algodones y allí empecé a ser persona. Al llegar con mi familia de Uruguay no me adapté a la manera de enseñar española, no iba con mi manera de ser. Hablamos del año 67 o 67. España era un país en blanco y negro, todo el mundo iba de luto y los colegios no eran como ahora. Había una disciplina terrible, con castigos basados en la humillación. Como consecuencia, mis notas eran malísimas. Yo misma les supliqué a mis padres que me llevaran a un sitio como el de las novelas de Enid Blyton. En mi primer año allí ya era de las primeras de la clase. Esos años me salvaron y dejaron en mí una forma de ser muy inglesa” explica Posadas.

¿Le conviene o no entonces a nuestra descendencia una mayor dosis de disciplina? “Desde luego, la disciplina es necesaria” afirma el doctor en Psicología y Pedagogía Valentín Martínez Otero, “pero debemos preguntarnos cómo la concebimos. Históricamente ha sido una herramienta de dominación. De hecho, una de las acepciones de la palabra es instrumento, por lo común de cáñamo que sirve para azotar. En el ámbito escolar, privado o público, hay que promover una disciplina de desarrollo personal, basada en normas razonadas y razonables, en la actuación colegiada, más orientada a fortalecer las conductas adecuadas que a castigar las inapropiadas. También resulta conveniente que el educando tenga un buen modelo de aprendizaje y, por supuesto, favorecer la reflexión y la comunicación como  vías para conocer el motivo y el alcance de la falta, al tiempo que se orienta al alumno  sobre cuál es la acción correcta.

“El castigo físico en ningún caso tiene utilidad” confirma Esther Legorgeu, psicóloga especializada en adolescentes. “Genera en el adolescente fantasías de venganza, que impiden establecer una conversación sobre lo que ha sucedido”. Sin embargo, también defiende que la disciplina es necesaria. “Es un gran ingrediente para la autoestima del adolescente, pues aprende a tolerar mejor las frustraciones, ya que conoce el proceso de lucha. También genera sensación de control  sobre aquellos objetivos que se planteen, ya sea aprender un deporte, mejorar laboralmente o aprender un idioma”. En general, una educación laxa, sin un criterio coherente o completamente ausente perjudica a los adolescentes. “Unos padres inconsecuentes desorientan a los hijos que no desarrollan un juicio moral, no encuentran motivaciones, se muestran indecisos en sus relaciones, son inestables, nerviosos, temerosos o ansiosos y tienen problemas para madurar. Aquellos que solo intervienen en las cuestiones que consideran importantes, y no en el día a día, anteponen los aspectos materiales y aceptan  cualquier requerimiento con tal de estar en el grupo, sin hacerse valer. Por último, los consentidores hacen que sus hijos sean egocéntricos, desarrollen cuadros de ansiedad, inseguridad y timidez, pues al enfrentarse al mundo  exterior no tienen habilidades, los que las tenían eran sus padres”, sostiene Legorgeu.

INTERESES.-Para muchos especialistas en educación, la escuela nunca podrá sustituir a la familia. Se ha sustituido la disciplina por un sistema disciplinario cuyo objetivo no son las condiciones de aprendizaje, sino las de convivencia (y muchas veces las de supervivencia) en las aulas. Se ha sustituido el aprendizaje por la escolarización, ¿A beneficio de quién?”

CASTIGOS EN LA HISTORIA

La historia de la educación de los niños y el castigo están íntimamente relacionados. Aunque hoy, psicólogos y pedagogos descartan por completo las fórmulas del castigo en el aprendizaje de la disciplina (incluido el moderno “sillón de pensar”, una versión light del “cuarto de los ratones”), durante siglos tuvieron un papel predominante en la crianza.

El castigo físico a los menores tiene una historia tan larga  como la vara de canear. He aquí algunas de sus múltiples formas, a cual más perversa:

1.-Estampa coreana del siglo XVII. Un alumno que acaba de ser golpeado con una vara aparece dolorido y castigado delante de la mesa del profesor.

2.-Uno de los escalofriantes castigos que recoge el “Códice  Mendoza” (México, 1540): clavar agujas de magüey bajo las uñas al niño que se ha portado mal.

3.-El pintor flamenco Peter Brueghel tituló “El asno en la escuela” (1556) esta escena donde un niño recibe un castigo de su profesor que más ha resistido el paso del tiempo: dar con una vara en las nalgas.

4.-Una colérica madre dieciochesca zurra  a su hijo con una zapatilla en el aguafuerte de Goya titulado “Si quebró el cántaro” (1799)


5.-Uno de los castigos más duraderos: el de estar en pie delante de toda la clase y de cara a la pared ( hoy sustituido por la silla de pensar). “La reprimenda” de Pierre-Édouard (1863)

6.-Un padre de los años 50 azota en el trasero a su hijo, la técnica más universal.

 

Última actualización en Miércoles, 04 de Noviembre de 2015 21:54
 
Yo me infiltré en el KKK (texto) PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Jueves, 07 de Febrero de 2013 12:34

http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2005/316/1129312871.html

Ron Laytner, periodista que se infilltró en la peligrosa organización.

 

Un "Knight rider", jinete del KKK cabalga al amanecer en los alrededores de Houston (Texas)

Louis Beam, veterano de la Guerra del Vietnam con sus condecoraciones, su bata roja  y su anillo del KKK.

De izquierda a derecha: los hermanos John, George,  y Joseph Grindle y su cuñado, Peter Lofton. Todos perdieron sus empleos.

El nacimiento de una nación es, debido a su técnica, una de las películas más famosas de la época del cine mudo y también una de las más polémicas por promover la supremacía de la "raza" blanca y describir el supuesto heroísmo de los miembros del Ku Klux Klan:

"El nacimiento de una nación"

 

Última actualización en Jueves, 08 de Febrero de 2018 11:10
 
Archipiélago GULAG PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Lunes, 28 de Marzo de 2016 17:24

Este es el inicio de un libro terrible que habla de lo peligrosas y deshumanizadas que son las dictaduras de cualquier signo...

EL ARRESTO (“Así tenía que ser: de la oveja mansa vive el lobo”)

¿Cómo se llega a ese misterioso Archipiélago? (Archipiélago Gulag: nombre de la red de campos de internamiento y de castigo soviéticos donde fueron recluidos millones de personas durante la segunda mitad del siglo XX). Hora tras hora vuelan aviones, navegan barcos y retumban trenes en esa dirección, pero no llevan un solo letrero que indique el lugar de destino.

Lenin y Stalin

Los que van a ocupar puestos de mando en el Archipiélago proceden de la Academia del MDV (Ministerio del Interior de Rusia). Los que van de vigilantes son convocados a través de la Comandancia Militar. Y los que van a morir allí, como usted y como yo, mi querido lector, deben pasar  forzosa y exclusivamente por el arresto.

¡El arresto! ¿Hará falta decir que parte nuestra vida en dos?, ¿que se abate sobre nosotros como un rayo?, ¿Qué representa un duro trauma espiritual que no todos son capaces de asimilar y que a menudo conduce a la locura?

El universo tiene tantos centros como seres vivos hay en él. Cada uno de nosotros es un centro del universo. Y el cosmos se desmorona cuando le dicen a uno entre dientes: “¡Queda usted detenido!”

Si alguien como usted está detenido, ¿no será que ha habido un cataclismo?, ¿habrá quedado algo en pie?

Con el cerebro en blanco, incapaces de abarcar tales evoluciones del cosmos, a todos, del más simple al más despierto, no se nos ocurre en ese instante, pese a nuestra experiencia de la vida, más que balbucear:

-¿Yo? ¿Por qué?

Pregunta repetida por millones y millones de veces antes de que la hagamos nosotros, y que nunca ha obtenido respuesta. Una detención es un tránsito impresionante, un cambio que nos transpone de un estado a otro.

La larga y sinuosa calle de la vida nos llevaba, a veces con paso alegre y otras en un sombrío vagar, a lo largo de unas vallas, vallas y más vallas, cercas de hierro, tapias de cemento, de ladrillo, de adobes o de madera podrida. No nos parábamos a pensar qué podía haber detrás de ellas. No intentábamos elevar la mirada ni el pensamiento hacia el otro lado. Pero allí, precisamente, justo a nuestro lado, a dos metros comenzaba el país del GULAG. Tampoco observábamos en aquellas tapias  el incontable número de puertas y portillos perfectamente ajustados y muy bien disimulados. ¡Todos esos portillos, todos, estaban esperándonos! Y de pronto se abría rápidamente la puerta fatal, y cuatro manos blancas masculinas, no acostumbradas al trabajo pero robustas, nos agarraban por el brazo, por la pierna, por la solapa, por la gorra, por la oreja, nos arrastraban como un saco, y cerraban para siempre el portillo a nuestras espaldas, la puerta de nuestra vida pasada.

¡Se acabó! ¡Queda usted detenido!

Y no atinas a dar ninguna respuesta, nin-gu-na, como no sea el balido del corderito:

-¿Yo-o? ¿Por qué?...

El arresto es un fogonazo cegador, un golpe que desplaza el presente convirtiéndolo en pasado, que convierte lo imposible en un presente con todas las de la ley.

Y no hay más. Esto es todo lo que somos capaces de asimilar, no ya en la primera hora, sino incluso en los primeros días. Centellea  todavía en nuestra desesperación una luna de papel, un decorado de circo: “¡Es un error! ¡Lo aclararán!”

Es un estridente timbrazo nocturno o un golpe brutal en la puerta. Es la arrogancia de unos agentes que irrumpen en casa sin limpiarse las botas. Es el asustado y anonadado testigo que permanece a sus espaldas. (¿Para qué traen siempre a un testigo? Las víctimas no se atreven a preguntar y los agentes ni les prestan atención, pero lo dispone la normativa, y deberá pasarse toda la noche en vela y firmar al amanecer. También para el testigo, arrancado de la cama, es un suplicio: noche tras noche, de arriba abajo, colaborando en el arresto de vecinos y conocidos).

El arresto tradicional son también las manos temblorosas que preparan las cosas del detenido: las mudas de ropa interior, el pedazo de jabón, algo de comida. Y nadie sabe qué es preciso llevarse, qué está permitido y qué ropa es la más conveniente, y los agentes meten prisa e interrumpen: “No necesita nada. Allí le darán de comer. Allí no hace frío”. (Mentira. Con las prisas quieren meter más miedo).

Las purgas estalinistas

El arresto tradicional son también –después, cuando ya se han llevado al pobre detenido-las muchas horas que va a ocupar nuestra vivienda una fuerza intrusa, dura e implacable. Romper desgarrar, sacar y arrancar de la pared, arrojar al suelo desde los armarios y las mesas, sacudir, desparramar, despedazar, montones de desechos en el suelo, crujidos bajo las botas. ¡Durante un registro no hay nada sagrado! Cuando arrestaron a un maquinista de tren, había en la habitación el pequeño féretro de su hijo, un niño que acababa de morir. Los militares arrojaron al niño del ataúd y revolvieron también allí. Y sacan violentamente a los enfermos de sus camas, y desenrollan los vendajes.

Tras el arresto, los que quedan se enfrentan a una interminable vida, vacía y revuelta. Y el intento de hacerle llegar paquetes al detenido. Pero en todas las ventanillas les ladran: “¡Este no figura aquí”, “¡No existe!”. En los peores días de Leningrado había que pasarse  cinco días apretujado en la cola para llegar a la ventanilla. Y solo quizás, al cabo de medio año, o de un año, el propio detenido dejaba oír su voz. O bien te espetaban: “sin derecho a correspondencia”. Y esto quería decir para siempre. “Sin derecho a correspondencia” significaba casi con toda seguridad que lo habían fusilado.

Así nos imaginamos nosotros el arresto.

Ciertamente en nuestro país preferían el arresto nocturno, como el que acabamos de describir, porque ofrecía considerables ventajas. Todos los ocupantes del piso estaban dominados por el horror desde el primer golpe en la puerta. El detenido era arrancado de la tibia cama, por lo que se encontraba en la indefensión del sueño y su razón aún estaba enturbiada. En un arresto nocturno, los agentes disponían de superioridad de fuerzas: llegaban varios hombres, armados, contra uno solo con los pantalones a medio abrochar; durante los preparativos y el registro se tenía la seguridad de que en el portal no se congregaría una muchedumbre de posibles partidarios de la víctima. La lenta y gradual visita a una vivienda, luego a otra, mañana a una tercera y a una cuarta, ofrecía la posibilidad de utilizar de forma racional  al personal operativo y de meter en la cárcel a una cantidad varias veces superior al número de agentes que componían la plantilla.

Otra de las ventajas de los arrestos nocturnos era que ni vecinos de la casa, ni las calles de la ciudad, podían ver a cuántos se habían llevado durante la noche. Aunque asustaban a los vecinos más cercanos, no eran ningún acontecimiento para los que vivían más lejos. Como si no existieran.

Sin embargo, los que recolectaban, aquellos cuya tarea consistía no solo en arrestar, aquellos para quienes los horrores de los detenidos eran una tediosa rutina, entendían la operación de detener de un modo mucho más amplio. Tenían una gran teoría; no vayan a creer, ingenuamente, que no la tenían. La ciencia de la detención es un párrafo importante del curso general de penitenciaría  y se sustenta en una teoría social fundamental. Los arrestos se clasificaban  según dos modalidades: nocturnos y diurnos; en el domicilio, en el lugar de trabajo y en viaje; por primera vez o por segunda vez, individuales o en grupo. Los arrestos se distinguían por el grado de sorpresa requerido, por el nivel de resistencia que cabía esperar (aunque en decenas de millones de casos no se esperaba ninguna resistencia, porque no se daba). Las detenciones se diferenciaban también por la escrupulosidad del registro; por la necesidad o no de levantar inventario y confiscarlo todo; por el sellado de las habitaciones y viviendas; por la necesidad de detener a la esposa después que al marido, de enviar a los niños a un orfanato, o bien al resto de la familia al destierro, o también a los ancianos a un campo penitenciario (…)

Hay que reconocer a los órganos de la Seguridad del Estado sus méritos: las detenciones pueden presentar múltiples formas.  Te llevan aparte en la entrada de la fábrica, una vez te has identificado con el pase, y ya estás; te sacan del hospital con fiebre y el médico no protesta (¡que se le ocurra!); te sacan directamente del quirófano en plena operación de úlcera de estómago y te meten en una celda medio muerto y ensangrentado; consigues a duras penas una entrevista con tu madre condenada, ¡y te la dan!, pero resulta que el careo precede a la detención. En un supermercado te invitan a pasar al departamento de pedidos y te detienen allí mismo; te detiene un peregrino al que por caridad dejaste pasar la noche en casa; te detienen el fontanero que vino a tomar la lectura del contador; te detiene el ciclista que tropieza contigo en la calle; el revisor del tren, el taxista, el empleado de la Caja de Ahorros, el gerente del cine, cualquiera puede detenerte y solo te dejan ver su carnet rojo, que llevaba cuidadosamente escondido, cuando ya es demasiado tarde.”

La historia secreta del "Archipiélago Gulag"

 

“Archipiélago Gulag”  Alexsandr Solzhenitsyn

Última actualización en Martes, 18 de Octubre de 2016 18:00
 
The black hole PDF Imprimir Correo
Escrito por Administrator   
Lunes, 22 de Enero de 2018 13:09

The black hole

 
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Rohollah Balvardi
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